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sábado, 16 de febrero de 2013

Investigadores españoles reducen el error del GPS a 2 metros


"Cuando andamos, no vamos mirando permanentemente al suelo para no caernos ¿verdad?", explica David Martí. "Pues nuestro trabajo tecnológico va por ahí: que el GPS siga funcionando aunque fallen los satélites y otras fuentes de datos. Lo importante es no perder la conexión nunca".
El objetivo final del proyecto es no perder la localización aunque se pierda la señal GPS, pero de momento Enrique Martí, que trabaja en elLaboratorio de Sistemas Inteligentes, y David Martín, del grupo de Inteligencia Artificial Aplicada, de la Universidad Carlos III de Madrid, han  logrado que el margen de error de los sistemas de los automóviles baje de 15 a dos metros.
El prototipo integra la señal de un aparato GPS convencional con las de otros sensores (acelerómetros y giróscopos) para reducir el margen de error en la ubicación. “Hemos conseguido mejorar el posicionamiento de un vehículo en casos críticos entre un 50% y un 90%, dependiendo del grado de degradación de las señales y el tiempo que afecta la degradación al receptor GPS”, indica David Martín.
El GPS ha sido un gran invento, especialmente para la conducción en las grandes ciudades, sin embargo es en las metrópolis donde una pequeña diferencia de metros puede llevarte literalmente al otro barrio. El margen de error de localización de un vehículo llega actualmente a los 15 metros en cielo abierto; pero entre edificios el error alcanza los 50 metros.
"Recientemente", explica David Martín "Google ha anunciado que calculará el tiempo de espera en los teselesillas de las estaciones de esquí. Esto se debe a que no hay mejor recepción de la señal de los satélites que en esos entornos abiertos y en altura. El gran problema del posicionamiento es el entorno urbano, el urban canyon, que llamamos. Un simple árbol tapa la señal de un satélite".

Lo que esconde la mente

El tuit más profundo que se ha escrito sobre la mente no es el de Descartes —pienso luego existo—, sino ese otro igualmente famoso de John Lennon que dice que la vida es esa cosa que ocurre mientras tú haces otros planes. Pensar es una actividad marginal, aunque laudable, que en el fondo no tiene mucho que ver con la existencia, y que a menudo la complica, la estorba o la confunde. Solo una minúscula porción de nuestra vida mental —de nuestras percepciones del mundo, de nuestras ideas y decisiones morales— constituye parte de nuestra consciencia, de esa especie de flujo continuo o narrativa coherente a la que llamamos yo sin saber muy bien a quién se lo llamamos ni dónde está, sin saber si quiera por qué se ha comportado como lo hace a menudo, con unos sesgos y unos estereotipos que no compartimos desde nuestros esquemas racionales. Nuestra vida mental es en gran medida esa cosa que ocurre por sí sola mientras hacemos otros planes: mientras sufrimos el espejismo de que estamos a los mandos del carro. Lennon superando a Descartes.


Solo una minúscula porción de nuestra vida mental constituye parte de nuestra consciencia,

Y David Eagleman acaba de superar a Lennon. Eagleman, nacido en Nuevo México en 1971, es uno de los neurocientíficos más brillantes de nuestro tiempo, una de esas mentes inquietas que no solo dirige el laboratorio de percepción y acción delBaylor Collage of Medicine —una de las mejores escuelas médicas del mundo, y la más barata de todas las privadas de Estados Unidos—, sino que también ha impulsado una iniciativa pionera de Neurociencia y Derecho, un asunto que ocupará seguramente la mitad de la carrera de los jueces, abogados y fiscales del futuro próximo, aunque la mayoría de ellos no hayan oído hablar de ella en este presente miope. El lector interesado en esta cuestión fundamental haría bien en leer el último libro de Eagleman, Incógnito. Las vidas secretas del cerebro, una obra maestra de la escritura científica recién editada por Anagrama. Y el lector que no lo esté debería leerlo. El libro será una fuente inagotable de luz para ambos: además de abrir paisajes inexplorados en su pensamiento político, jurídico, social y filosófico, es —pese a todo lo anterior— ciencia pura y cristalina, la mejor foto fija de nuestro conocimiento actual sobre el cerebro.

El meteorito de Rusia, una vez cada cien años


O fue un meteorito muy grande o un asteroide pequeño, pero, definiciones aparte, el cuerpo que explotó el viernes por la mañana en el cielo, sobre Rusia, emitió una energía de 500 kilotones, mucho más de lo inicialmente estimado. Además, era más grande de lo que se creía, alcanzando los 17 metros de diámetro, con una masa de 10.000 toneladas. Son los datos que los expertos de la NASA van obteniendo de los análisis de la información recogida hasta ahora. El estallido fue detectado desde Alaska, a 6.500 kilómetros de distancia.
“Entró en la atmósfera a una velocidad de 18 kilómetros por segundo y en 32 segundos se desintegró”, según explicó Bill Cooke, jefe de la oficina de meteoritos del Marshall Space Flight Center de la NASA. El hecho de que se desintegrara, como lo hizo, da ya alguna pista sobre su composición: no era de hierro/níquel. Cabe esperar que se produjera un gran número de meteoritos que llegaran al suelo.
Lo que esta rotundamente claro es que esta roca no tenía nada que ver con el asteroide 2012 DA14, tres veces más grande, que ayer pasó a menos de 28.000 kilómetros de distancia de la superficie terrestre y cuya trayectoria era perfectamente conocida de antemano. “Fue una increíble coincidencia”, señaló Paul Chodas, científico del Programa de Objetos Cercanos a la Tierra (NEO), en el Jet Propulsion Laboratory(California). “Cabría esperar un acontecimiento celeste de la magnitud de este de los Urales cada cien años de media”, añadió. Todos los expertos recuerdan Tunguska, en Siberia, cuando una explosión en el cielo aplanó una gran extensión de bosque en una zona deshabitada en 1908. Pero que la entrada de un objeto celeste así coincidiera con el paso de un asteroide como el 2012 DA14 es casi inverosímil.

sábado, 9 de febrero de 2013

Un globo de la NASA bate el récord de vuelo con más de 55 días en el aire

Con una duración total de vuelo de 55 días, una hora y 34 minutos, el globo Super-Tiger (Super Trans-Iron Galactic Element Recorder) ha batido el récord de permanencia en el aire de este tipo de artefactos. La marca anterior estaba en 54 días. El Super-Tiger despegó desde una estación de globos situada en la Antártida cerca de la base estadounidense McMurdo el pasado 8 de diciembre, voló durante varias semanas a 38.710 metros de altura y regresó al suelo el pasado viernes, según ha informado la NASA. “Los globos científicos proporcionan a los científicos la capacidad de recoger datos críticos durante mucho tiempo con un coste relativamente bajo, señala el investigador Vernon Jones.
La misión del Super-Tiger ha consistido en medir, con un instrumento especial que llevaba, los elementos más pesados que el hierro presentes en el flujo de rayos cósmicos de alta energía que bombardean la Tierra desde todas las direcciones en la Vía Láctea. Los datos servirán a los especialistas para estudiar de dónde se generan esos núcleos atómicos y cómo alcanza sus altas energías.

El globo logró permanecer en el aire tanto tiempo gracias al patrón de vientos predominantes en el Polo S, aprovechando los vientos anticiclónicos que allí circulan de Este a oeste en la estratosfera.

Intereses cruzados en la ciencia


El proyecto de una filial de Gas Natural Fenosa para construir un gasoducto y almacenar gas en Doñana, autorizado recientemente por el Ministerio de Medio Ambiente, ha recibido duras críticas de los ecologistas. Además ha generado, de forma soterrada, un interesante debate dentro de la propia comunidad científica. La razón no es tanto el proyecto en sí, sino el hecho de que la Estación Biológica de Doñana (EBD), del Consejo Superior de Investigaciones Científicas (CSIC), votara en 2011 a favor del plan a la vez que recibía financiación de Gas Natural para uno de sus proyectos de investigación. El convenio no implica una gran cuantía —38.000 euros al año para una cátedra de cambio global, que paga estancias de investigadores en Doñana y un curso en septiembre—, pero sí pone de relieve una tendencia creciente: con los constantes recortes de la financiación pública, los centros de investigación y las universidades se ven forzados a recurrir cada día más al patrocinio privado. Un camino que, para algunos, abre la vía a crecientes conflictos de interés.
Carlos Herrera, científico de la EBD, y Premio Nacional en 2001 de Investigación Alejandro Malaspina en el área de Ciencias Y Tecnologías de los Recursos Naturales, alertó hace unos años sobre una tendencia que considera perniciosa: “Dije que no me parecía ético que nos financiaran empresas con escaso pedigrí medioambiental. Quedas expuesto a un conflicto de intereses”. Herrera escribió un duro artículo en la revista especializada Quercus, en el que comparaba la financiación de su instituto con el de un club de fútbol de Tarragona patrocinado por un prostíbulo del que informó en su momento la prensa entonces. En él se preguntaba si los niños tendrían que renunciar a lucir buenas botas y flamantes camisetas debido al origen de los fondos. Y añadía: “¿Tendrán los científicos vinculados con el medio ambiente que negarse a impartir conferencias remuneradas donde divulguen las amenazas del cambio global porque son subvencionadas por una empresa que mantiene una posición contraria al desarrollo de las energías renovables?”.

El mamífero que ocupó el vacío que dejaron los dinosaurios


Con la desaparición de los dinosaurios, hace unos 65 millones de años, quedó mucho espacio vital disponible en el planeta. Y los mamíferos lo aprovecharon. Ahora la diversidad entre ellos es enorme y abarca desde los ratones a las ballenas, los humanos o los murciélagos, todos ellos mamíferos placentarios. Un equipo científico internacional ha seguido el rastro de numerosas especies, su anatomía y sus genes, hasta lograr reconstruir el gran árbol de familia de estos mamíferos (excluyendo a los marsupiales y los que ponen huevos). Sugieren incluso cómo sería el ancestro común: un animal peludo, que pesaría un cuarto de kilo como mucho, comería insectos y estaría poco especializado. No es que hayan encontrado sus restos fósiles, sino que han obtenido su reconstrucción teórica cruzando características de especies actuales y extintas, y combinando los datos con análisis de ADN.
No estaba claro hasta ahora cuándo arrancaron evolutivamente estos animales, explican los investigadores en la revista Science. Pero las diferentes hipótesis venían a situar el inicio de la diversificación de los mamíferos placentarios en torno al momento crítico para la vida en la Tierra, que fue la gran extinción de hace unos 65 millones de años, cuando desapareció el 70% de las especies, incluidos los dinosaurios no avianos. Para unos, con la evidencia de los restos fósiles, estos mamíferos surgirían después del fin de los dinosaurios, ocupando los nichos ecológicos vacantes. Para otros, basándose en datos genéticos, habría ya al menos 29 linajes de mamíferos hace unos 100 millones de años, por lo que existirían en el planeta aún dominado por los dinosaurios y habrían sobrevivido a la gran extinción. Una tercera hipótesis se remonta más aún y asocia la aparición de estos mamíferos con la fragmentación del supercontinente Gondwana.

“Actualmente, hay más de 5.100 especies de mamíferos placentarios y muestran una enorme diversidad, variando mucho en tamaño, locomoción y volumen cerebral”, explica Nancy Simmons, del Museo Americano de Historia Natural, una de las científicas del equipo. “Dada esa diversidad, es muy interesante saber cuándo y cómo empieza a evolucionar y a diversificarse esta rama del árbol de los seres vivos”. En este gran estudio de la Fundación Americana para la Ciencia (NSF), que ha durado seis años, han participado 23 científicos de varios países. La conclusión es que “especies como los roedores y los primates no compartieron la tierra con los dinosaurios no avianos sino que emergieron a partir de un ancestro común poco después de la desaparición de aquellos”, añade Maureen O’Leary, de la Universidad de Stony Brook, y líder del equipo
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La Xunta registra el primer petroglifo de Xove


Hasta hace un lustro, cuando el colectivo Mariñapatrimonio empezó a encontrárselos, en A Mariña no existían petroglifos. En teoría, en Galicia, estos grabados de la Edad de Bronce son una maravilla abundante, sobre todo, en la provincia de Pontevedra, "y quizás por eso nadie los había buscado por el norte de Lugo", comenta el portavoz de este grupo empecinado en proteger los vestigios de la historia que la Administración desconoce u olvida. Su último hallazgo acaba de ingresar en el inventario de yacimientos arqueológicos de la Dirección Xeral de Patrimonio, y ya van siete. El que ha quedado registrado como Petroglifo de Monte GA27025030 no estaba oculto bajo la maleza, sino visible (todo lo visibles que pueden ser los petroglifos), junto a una iglesia, en la finca conocida como Casa do Cura, en Penas Agudas (Parroquia de Monte). Está compuesto por 18 cazoletas o pequeños agujeros y unas cuantas líneas serpentiformes.
Es el primer petroglifo que se descubre en el municipio de Xove, y obtiene la protección de Bien de Interés Cultural al igual que los otros seis conjuntos localizados por Mariñapatrimonio: El del castro de O Coído, los del castro de Rueta y el reticulado de Langoira (en Cervo), los del castro de Burela, los podomorfos de As Anzas (Ribadeo) y el del castro de A Atalaia (San Cibrao), un enorme poblado arqueológico que salvó precisamente este colectivo vecinal al lograr paralizar una urbanización de lujo, al borde del mar, que ya se estaba levantando.